Tuesday, August 4, 2026

10000 Pisos

—¿Por qué es importante lo que vas a contarme? —preguntó Amalia Niebla.

—Lo que tengo entre manos es uno de esos descubrimientos que cambiarían para siempre el destino del mundo —le respondí.

—¿Otra vez con tus delirios?

—Jamás han sido delirios, y esta vez tengo pruebas.

—¿Tiene que ver con aquello de las frecuencias binaurales?

—Casi.

—La verdad es que no me interesa demasiado.

—¿Ah, no? Pues te adelanto una cosa: he logrado hacer contacto.

—Ya he perdido la cuenta de cuántos de esos «contactos» tuyos has hecho.

—Esta vez va en serio.

—Anda, venga, cuéntamelo. Soy toda oídos.

—Ya sabes, hice una combinación de cristales piezoeléctricos proyectándoles frecuencias binaurales de baja intensidad.

—¿Y bien?

—Abrí un portal y escuché una voz que se identificó como Xarg Centauri.

—¿De Alfa Centauri?

—Casi, mas bien cerca a Proxima.

—Según nuestras observaciones, no existe posibilidad alguna de vida inteligente en ese sistema; de hecho, no hay ni la más remota probabilidad de vida.

—Exactamente. Xarg no está vivo: es el fantasma de un habitante de otro planeta.

—¿Cómo dices? ¿El fantasma de un alienigena? Vaya ocurrencia. Es la primera vez que oigo semejante disparate.

—Pues así es. Ahora sí tengo un caso de «primer contacto» auténtico y debidamente certificado.

Amalia aún no había alcanzado a responder cuando, de buenas a primeras, entró el capellán del piso 33, don Jerónimo de Villaseca.

—Ya estoy al tanto de todo, queridas niñas —aseguró el hombrecillo, que apenas levantaba metro y medio del suelo—. Lo que han descubierto es bastante serio. Si una entidad exobiológica tiene fantasma, eso implica que el Creador, en su infinita misericordia, ha insuflado aliento de vida por todo el universo conocido.

—Si es un fantasma, quiere decir que su «ánima», por llamarla de algún modo, ha quedado atrapada en el mundo físico —replicó Amalia sin pensárselo dos veces.

Iba yo también a añadir algo cuando, en ese mismo instante, otro visitante, esta vez sin invitación, hizo acto de presencia en la oficina.

—Soy el hijo de don Leopoldo de Valcárcel, el vice del piso 66. Todo cuanto tienen entre manos pasa a ser estrictamente confidencial. Desde este mismo momento queda confiscado cualquier material relacionado con el asunto y se prohíben nuevas pesquisas.

—¡Pero esto es un hallazgo de enorme trascendencia para nuestra sociedad! —protestamos al unísono el capellán, Amalia y yo.

El recién llegado ni siquiera tuvo ocasión de responder cuando una voz sonó por el altavoz:

—Soy don Leopoldo. Hagan exactamente lo que mi hijo les indica. La razón es muy sencilla: este no es, en realidad, el primer contacto de esa naturaleza. Entre los expertos y eruditos se conoce desde hace bastante tiempo. Hacerlo público no aportaría nada y, en cambio, nos pondría en ridículo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué sacaríamos nosotras a cambio?

—Puedo ascenderlas del piso 6 al 12 —dijo la voz.

—Trato hecho —respondimos Amalia y yo, perfectamente sincronizadas, mientras recogíamos a toda prisa nuestros bártulos.

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Relato participante en la convocatoria de los Jueves, esta semana propuesta por "Luferura" en el blog La Veleta.

El reto plantea imaginar el primer contacto de la humanidad con una inteligencia extraterrestre.

Tuesday, May 12, 2026

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Izarra Rosée



En un cuartel secreto de los 10.000 se encuentran la mujer a la que llaman "La Hielera", Aeminium Conimbriga y Gades Gadir. Están en una improvisada enfermería, recuperándose de heridas causadas en una singular batalla contra un subintendente de Kraken.

—Nunca me contaste cómo fue que se descubrió que Kraken aún existía —lanzó al aire La Hielera. 

—Es una historia que ameritaría un buen escocés y un tabaco —respondió con cierto aire de hastío Gadir. 

—El doctor ha sido muy tajante en esto: cero alcohol mientras estemos en tratamiento. 

—Qué lástima, porque esa historia requiere algo de ello. 

—Bueno, hay jugo de manzana, algo de queso francés y un pan de la abuela; creo que sería un buen reemplazo para aquello que añoras. 

—A falta de whisky... 

—... buenas son arepas —dijo La Hielera soltando una risa, pero Gadir se mantenía serio; o bien no entendía el chiste o simplemente la chanza le había caído ridículamente mal.

—Fue algo que ocurrió hace un par de décadas por mera casualidad —respondió Gadir para cortar de una buena vez la aparente rebeldía de La Hielera. 

—Qué extraño. Es decir, ¿nadie los estaba investigando? 

—Exactamente, ese es el punto más incómodo. 

—Cuéntamelo todo. ¿Exactamente qué ocurrió? 

—¿Estás familiarizada con el nombre de Madame Brandy de Armagnac? 

—¿La condesa? 

—Baronesa, para ser exactos. 

—La verdad no conozco mayor cosa. Sé que es muy nombrada en esas revistas dedicadas al jet-set. 

—La dama es dueña de varias destilerías alrededor del mundo: cinco en Escocia, una en Francia, dos en España y probablemente otras tantas en América y en el Japón. 

—Ok, una millonaria elitista, nacida con cuchara de oro. 

—Quizás, aunque su apellido de soltera no es nobiliario. 

—¿Cuál es? —Grappa. Brandy Grappa. 

—Ah, italiana. 

—Exactamente. 

—Bueno, entremos en lo que nos concierne. ¿Cómo esa misteriosa dama italiana descubrió al Kraken? ¿Acaso es una de los 9.000 o de los 8.000? 

—No tiene afiliación alguna con nuestra organización o con otras del pasado, aunque podría, por mérito propio, pertenecer a cualquiera de ellas. 

—Vaya, se nota que la admiras. 

—Cierto, es alguien muy especial. 

—Uh... —dijo La Hielera aclarándose la garganta—, a ver, entremos en materia. 

—No seas impaciente. Acomodémonos mejor, démosle una mordida a esos quesos y siéntate, que lo que viene tiene su complejidad. 

—Soy toda oídos.

—Todo empezó en una cena elegante. Su marido, el barón de Armagnac, quería darle un presente de cumpleaños y la convidó a un restaurante muy elegante en Cádiz. La comida fue de unos manjares inigualables. En algún punto, la baronesa sintió sed, hizo llamar al maestro de vinos del lugar y ordenó una Tintilla de Rota, la más violeta posible. Pero no había ni una sola gota de ese preciado licor. A cambio, el maestro de vinos ofreció algo muy raro y exclusivo, solo al alcance de alguien muy adinerado y de prestigio: la Izarra Rosada o Rosée, cuya fórmula secreta solo conocían tres personas. La propuesta encantó a la baronesa.

—"Y dígame, señor maestro de vinos, ¿de dónde viene ese líquido?", interrogó la baronesa. 

—"Madame, viene de Grattau, en el País Vasco". 

—"¿Y cómo le dan el color rosado?". 

—"Madame, tengo entendido que lo maduran en barriles hechos con madera de roble de la parte norte del tronco, es decir, la que recibe menos luz al año; de ese modo se asegura que toda la riqueza de la madera pase al líquido". 

—"Qué interesante", dijo la baronesa bajando los ojos. "Me parece bastante exótico y no soy persona acostumbrada a dichas sorpresas; prefiero en ese caso algo local, como el Gran Señor de Urium".

Cosa que el maestro de vinos no tuvo problema en encontrar y fue del agrado de la baronesa, que terminó en compañía de su marido la romántica cena y volvieron muy felices de retorno a casa.

—Aún no veo cómo se descubrió a Kraken en todo ello —señaló La Hielera haciendo cara de confundida. 

—Allí está lo interesante. La baronesa no hizo un escándalo ni llamó la atención; fue muy discreta. Pasaron algunos meses desde ese incidente del restaurante y ella comisionó a su secretario privado, don Remigio Aguilar, para encargarse del tema. Don Remigio conocía bastante bien cómo manejar el asunto sin levantar sospechas y fue con un periodista amigo, el cual se encargó de ir a la destilería. El chico hizo bien el trabajo y él mismo lo llevó ante las autoridades. 

—¿Pero exactamente basados en qué? 

—Como conocedora, la baronesa sabía que las Izarras no se maduran en barriles. Ese detalle la alertó; con lo poco que le dijo el maestro de vinos del restaurante, ella detectó que algo iba mal. Los de la destilería llevaban al menos unas cuatro o cinco décadas produciendo la Izarra Rosée, la cual vendían bastante cara. 

—O sea, era un engaño a plena vista y nadie se había dado cuenta. 

—Se supone que la receta es ultrasecreta. 

—Pero no contaban con la perspicacia de la baronesa —apuntó La Hielera. 

—Las autoridades procedieron a incautar los barriles y destruyeron pieza por pieza la destilería. El líquido se derramó en tierra, como ordena la ley de licores adulterados, y los barriles se quemaron, de modo que no quedó rastro de ese licor. 

—Sí, debieron haber trabajado muy bien, porque nunca antes había escuchado de ese licor. 

—Exactamente. Y de paso, la baronesa logró quitarse a un competidor de encima. 

—¿Cómo se relaciona todo el incidente con Kraken? 

—Por la forma de operación. Resultó que, poco después de la guerra, la tierra en donde estaba la destilería pasó a manos de unos extranjeros. Era una mafia de licores, muy camuflada en el misterio, en recetas místicas y misteriosas para cobrar fortunas por un líquido que quizá no valga tanto como la etiqueta que mercadean. 

—Ok, fue entonces como levantar la piedra y encontrar al alacrán, según veo. 

—Gracias a la baronesa nos dimos cuenta de lo profundamente incrustados que estaban dentro de la sociedad los tentáculos del Kraken. Sin la destilería, logramos bajarle sensiblemente a sus operaciones al norte del país.

—Por lo que describes, la baronesita resultó mucho más peligrosa que Kraken, ya que intuyo que ahora esos dineros que no le llegan a las mafias van a parar a las arcas de dicha mujer. 

—Así es, con la diferencia de que la baronesa, por lo menos, está de nuestro lado. 

—O nos hace creer que está de nuestro lado; quizás haya que vigilar más de cerca a esa Grappa. 

—Cuida tu lengua, mujer.


Tuesday, April 7, 2026

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Goliarda Glosadora


I.

Décadas atrás, La Buhardilla no era una simple taberna; en realidad, era el punto de encuentro de los estudiantes de la universidad. Los había de todas las facultades, pero en especial de arquitectura; los de ingeniería también iban, pero eran menos numerosos. Aunque de noche su propósito era vender licor, de día ofrecía almuerzos y servicio de fotocopiado.

Era tal la cantidad de gente que atraía que incluso los asiduos comenzaron a llamarse "los buhardilleros", pero no solo estudiantes había entre quienes se daban cita en tan distinguido lugar. También había mendigos que se acercaban esperando recoger alguna moneda entre los estudiantes. Había uno bastante particular: por el precio de un billete de autobús, "el flaco" podía hacer un retrato en una hoja de papel algo maltratada. No era del todo malo aquello que ofrecía: con unos lápices de artista, una sarta de líneas, borrones y manchones, hacía siempre un boceto muy parecido del rostro de perfil del "modelo" que tuviera delante.

A los estudiantes les gustaba; así, un día un chico de ingeniería llegó con su libro de física moderna bajo el brazo a sacar fotocopias de los capítulos dedicados a la física cuántica. Mientras hacía la cola para ser atendido, se dejó convencer por "el flaco", pagó el precio y recibió la hoja medio emborronada, medio doblada y con lo que podría parecer su rostro, hecho en múltiples líneas de carboncillo, sanguina y tiza blanca, sin ton ni son.

II.

Larisa Argos, mujer poco dada a inhibiciones, estaba bastante nerviosa. Con el asunto del grimorio del Clan Destino, tener que llevarlo a Goliarda Glosadora —su antigua maestra y miembro de los 9,000— era lo último que deseaba hacer; pero dadas las circunstancias, y siendo la única experta fiable en dichas materias, parecía el curso lógico de acción.

—Todos sabemos que descifraste el Voynich; pues bien, aquí te traigo algo similar: el cuarto grimorio de Kraken. No preguntes cómo lo conseguimos, muchos murieron por él.

—Si ese libro llegó aquí es porque así lo desea; ese tipo de obras saben cuidarse solas y tienen voluntad propia.

—La mística no es lo mío; de ahí solo me interesa una cosa: se dice que en ese libro está la identidad del líder de Kraken.

—Ya estoy bastante vieja y cansada, mis ojos han visto demasiado, pero, en fin, déjame echarle un vistazo a eso que traes. ¿Es el original o una copia?

—No lo sé. ¿Eso hace alguna diferencia?

Pero Goliarda no contestó. Tomó el libro y comenzó a ojearlo; a veces adelantaba varias páginas y otras retrocedía y miraba con cuidado. Era de esos libros con un alfabeto críptico, indescifrable y con dibujos sin sentido alguno.

—Tienes toda la razón, aquí se cuenta quiénes han sido los últimos ocho líderes de esa organización.

—¿Cómo lo sabes?

—Aquí dice esto… aunque aún no lo haya dicho, en esta nota a pie de página —dijo Goliarda mientras le señalaba a Larisa un párrafo al margen.

—Solo veo garabatos y garrapiña; si tú lo dices, supongo que será así.

—No son garabatos, mira con más cuidado. Si no te has dado cuenta, hay exactamente ocho retratos que parecen insertados. No son del mismo calígrafo que hizo el libro; estos retratos parecen haber sido añadidos al azar.

(Garabato: palabra empleada por quienes no saben leer destinos).

—¿El libro cuenta la vida de esos líderes? ¿Los identifica?

—No exactamente, este es un grimorio de chakras.

—Ah, los famosos siete chakras del ser humano.

—Exacto, pero aquí se habla de un octavo chakra, o mejor, de un hombre de ocho chakras —dijo Goliarda mientras le mostraba un dibujo que más parecía un esbozo hecho en carboncillo y sanguina.

—¿Entonces debemos buscar a ese hombre con ocho chakras?

—No estás poniendo atención —dijo Goliarda y, sin previo aviso, le plantó una bofetada en pleno rostro a Larisa—. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? Hay cosas que son solo en apariencia y su sentido es más profundo de lo que parece.

Un poco confundida por la bofetada, Larisa tan solo acertó a decir:

—No vuelvas a intentar tus trucos; si se repite, te juro que haré desaparecer para siempre el recuerdo de los 9,000.

—No me asusta lo que dices. Si el destino de los 9,000 es caer en el olvido, ¿quién asegura que los 10,000 serán relevantes cuando aparezcan los 11,000 o los 12,000?

—¿Destino? Yo misma me lo forjo.

—Ja, ustedes los 10,000 se creen invulnerables con sus absurdas habilidades superheroicas, pero carecen de alma… de mística.

—No quiero entrar en teorías, explícame exactamente a quién debemos buscar.

—Los ocho chakras son más que un mero hombre; son una puerta a otras realidades.

—¿Tal como se supone que ocurre a nivel cuántico?

—Exactamente.

—¿Y por dónde empezamos? Tan solo tenemos ese dibujo, que no es más que un mero galimatías.

—Ja, otra vez los 10,000 andan perdidos. Conocí al artista que hizo esos retratos: era "El Mentor", un miembro de los 8,000. Durante años se dedicó a seguir a personas de alto potencial; quizá él mismo fue quien insertó los retratos en el grimorio.

—Con ese mamarracho no se puede seguir a nadie.

—Es más que un dibujo. Cada línea, cada color, cada manchón significa algo. Este dibujo cuenta exactamente el destino de la persona que buscas, solo tienes que saber leer entre líneas. Pero ten cuidado: otras veces la información se ha malinterpretado… o era directamente falsa.

—Pues supongo que, sin un autorretrato mío, mi destino es cazar a ese tal "Ocho Chakras".

Wednesday, March 11, 2026

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El Inspector Dan



Esa mañana Crispín Matalascañas estaba bastante alborotado. Entró de improviso a mi despacho, sin siquiera llamar a la puerta.

—Baldomero, lo he encontrado, y lo que ocurre es bastante grave.

—Madre mía, Crispín, ¿qué es todo este escándalo? ¿A quién encontraste?

—No es quién, sino qué.

—Dispara, pues.

—Tengo en mi poder un número inédito de "El Inspector Dan". No preguntes cómo lo conseguí. Según se dice, solo hay tres ejemplares conocidos de ese tiraje.

—¿Quién?

—¡El Inspector Dan! Una tira cómica muy famosa, en la que su protagonista resuelve crímenes macabros en Londres.

—Vas captando mi atención, chaval.

—En este número el Inspector está internado por cuestiones de salud mental. Pero es atendido con mucha dedicación, en recompensa a su talento como asesor de investigadores.

—Bastante raro, pero ¿de qué se trata el crimen que investiga?

—Varios científicos han muerto, pero sus cadáveres no tienen ni una gota de sangre. Se sospecha que se trata de los Cefalópodos de Edimburgo, un grupo ocultista anti ciencia.

—Vale, me tienta. Anda, a ver, déjame darle una ojeada al tebeo, a ver cómo resuelve tu inspector el misterio.

—Eso no va a ser posible.

—¿Por qué? No entiendo.

—Precisamente el número que he conseguido me lo dio un traficante chino de historietas raras, pero la última página, en donde se descubre al culpable, ha sido arrancada.

—Sabía que algo te traías entre manos, Crispín. Sin esa hoja la historieta pierde todo su valor.

—Exacto. Estamos ante un crimen serio. ¿Crees que tú puedas resolverlo?

—Me intriga bastante. Supongo que el principal sospechoso será ese chino que te lo vendió o, lo más fácil y directo: tú alteraste la historieta. ¿Con qué fin? Dímelo tú.

—¡BINGO, Baldomero! Tu mente siempre tan alerta. No he podido engañarte esta vez.

—Bueno, además conozco ese número. Ya lo había visto antes con otro coleccionista y sé exactamente quién cometió los crímenes.

—Me asombras, estimado. Digno miembro de los 10.000.

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Texto escrito para participar en la convocatoria de escritura creativa para "Los Relatos Jueveros" de marzo de 2026, a cargo de El Demiurgo:

La premisa es la siguiente:

Se trata de escribir un relato policial en el que se haya cometido un crimen. Dejo algunas sugerencias:

1) Un personaje está internado por cuestiones de salud mental, pero es atendido con mucha dedicación, en recompensa a su talento como asesor de investigadores.

8) Asesinatos de científicos. Se sospecha de un culto anti ciencia aunque los sospechosos más obvios pueden no ser los culpables.

Ver la llamada original junto con otros relatos que responden al reto siguiendo el enlace.


Tuesday, March 3, 2026

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Los 4 jinetes


Era una mañana de 1984 y Emmanuel Goldstein se acercaba peligrosamente a robar mis huevos:

— ¿Por qué mi señor viene a mí, pudiendo tener a cualquier mujer?

— Mis cuatro hijos no pueden provenir de cualquiera; siendo los hijos del Príncipe de las Tinieblas, merecen una madre que rivalice con las profecías bíblicas.

— Tan solo soy una miserable sierva que duerme a las puertas de la ciudad de Teherán.

— Querrás decir la Minotaura más cruel que permanece a las afueras, tentando a todo aquel que se atreve a cruzar este rincón olvidado de la mano del... «Altísimo» —dijo el Maligno, haciendo gestos de atragantarse con la última palabra, mientras señalaba una pila maloliente de huesos a medio roer.

— Hago lo que puedo para sobrevivir —contesté, bajando la cabeza.

— Me darás cuatro hijos: uno gobernará al Norte, el segundo al Poniente, otro será banquero y el más chico, sacerdote.

— Por un precio puedo ser la madre de toda tu prole; hasta nietos puedo darte si veo una bolsa de oro en mi lecho.

— Está hecho, pero te advierto: tus días están contados. Parirás con dolor y después nadie volverá a saber de tu existencia.

— ¿Adónde iré?

— Con tu «prontuario», no creo que a «goody gudi» le intereses mucho. Me temo que tendré que llevarte a vivir a mi humilde mansión de los reinos subterráneos.

— ¿Seré tan reina como tú?

— No lo creo; soy Príncipe y más bien la paso de solterón, pero qué más da: un cambio caótico en mis dominios no sería raro. Al menos tienes cuernos.

— Los críos tendrán cara de vaca y piernas de cabra, ¿en qué colegio los iban a recibir?

— No dudes más, mujer, de eso me encargo yo.


Relato participante en el Microreto del Tintero de Oro, marzo 2026, 

«La bestia». Ver condiciones y otras participaciones siguiendo el enlace.

Saturday, February 14, 2026

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Encadenadas

«Tu padre fue Aleister Crowley».


Ya han pasado varias décadas desde que escuché por primera vez esa frase en boca de la persona a la que llamaba Madre.


La norma es que las hechiceras no tenemos hijos. Madre me recogió en un orfanato.


«Ya has visto y te han hecho bastante mal, querida niña. Ven conmigo y comprenderás el significado de todo ello».


Esa fue la primera frase que me dirigió, allí mismo, el día en que la hermana superiora le mostró a los posibles prospectos de adopción.


No me quejo de ella. No fue fácil convertirme en su sucesora, ni ha sido fácil educar a la mía: otra niña con un pasado de siniestros infortunios y, por supuesto, habitante de los orfanatos.


También le diré que su padre es Aleister Crowley; es el padre de todas nosotras.


Esto es necesario, porque adentrarse en el conocimiento prohibido exige cierto aire de familia. Cuando adoptamos a alguien, la relación es la de una verdadera madre con su hija: la Guía y la Aprendiz. Siempre ha sido así y siempre lo será.


El día en que sabes el nombre del Padre es uno de los más importantes; entonces comienza el entrenamiento en «Thelemas», cuando lo oculto se muestra a la iniciada.


Por primera vez deberá conducir un ritual sacrílego (que no describiré aquí, pues el lector podría intentar hacerlo por sí solo, con grave peligro si no se realiza de la debida forma). Conozco el estado de ánimo que eso provoca en la practicante: «ver» aquello que es prohibido y mancillador por primera vez requiere el apoyo de alguien que ya haya vivido la experiencia.


No se puede fallar. Una vez finalizada la ceremonia, la practicante queda completamente sin fuerzas, enferma durante varias semanas, y necesita a alguien a su lado. Si sobrevive, recibe la «cadena» de Aleister, una preciada gargantilla de un material que, a primera vista, parece modesto y tosco. Entonces pasa a ser Hechicera oficial, y aquella que la acompañaba se retira, convertida en una sombra.


También estoy nerviosa. Para mí será la primera y única vez que acompañe, desde la pasividad, a una Practicante en acción. Y aquí viene lo interesante: cada persona tiene un post-ritual específico. Recuerdo que yo pasé varias semanas viendo «La Verdad», pero separada en múltiples dimensiones. La fiebre era altísima. Mi Madre me dio aquel brebaje amargo; supo cuidar de mí. Incluso la vi llorar, porque pensaba que iba a perderme. Supongo que ella era más sabia y fuerte que yo: no dejó que cayera en el abismo.


¿Podré hacer lo mismo? ¿Es esta otra prueba para llevarme a un nuevo nivel de conocimiento? Si es así, Madre no me contó todo… o me contó lo suficiente para que yo pudiera decidir por mí misma en el futuro. No lo sé. No lo sé. Yo también haría por mi hija cualquier cosa que fuera necesaria ante un peligro mayor.

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Ya han pasado dos semanas desde que se realizó el ritual de los Thelemas y mi hija no parece tener ningún síntoma parecido a los míos. Supongo que la escogí bien… o que algo se hizo mal en la ceremonia. Ella se ve tan campante como siempre. Todo se sabrá cuando le entregue mi cadena.


Ese será el símbolo de que ahora debe ser la Madre de alguien e iniciará, para mí, un camino diferente, uno para el que nunca fui entrenada: vivir como una persona normal, sin magia, alejada de todo ceremonial y parafernalia.


«Lo hiciste bien».


Escuché de nuevo la voz de Madre. Sentí que su mano se posaba gentilmente sobre mi hombro. Sé que en realidad nunca estuve sola: porto todo el saber de Madre y de todas las madres anteriores a ella. Y ahora, gracias al ritual y a la cadena, yo también continuaré viviendo en las penumbras de la mente de mi hija.

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Ha pasado bastante tiempo desde aquel ritual. Mi mente se ha aclarado; la distancia y el retiro me hicieron comprender el significado de la cadena. Fue un objeto que perteneció a una tal H. Morvont, la tercera esposa de Crowley, una niña que él recogió en un orfanato: fue él quien inició la tradición. Siempre había sospechado de la cadena, pero, como portadora, no deseaba quitármela, pues ese talismán es el que conecta con la Fuente del Poder… y tiene voluntad propia.


Una Practicante bien podría evitar continuar la tradición de sucesiones, podría elegir no tener una hija a la cual entrenar. Pero una vez que la cadena se posa en el cuello, quedas esclava de ese poder venido más allá de los sitios innombrables. Solo existe una mínima ocasión para quitársela: el instante del ritual.


No lo supe en su momento, ni me correspondía decidir si la sucesión debía interrumpirse o no. Mi Madre no me lo advirtió. O, mejor aún, no quise escucharla, porque cuando eres una Practicante te encuentras en la cima del mundo. ¿Quién, en esas circunstancias, escucharía los balbuceos delirantes de una Madre postiza?


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Thursday, January 22, 2026

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Último Destino

Para el reto de  "los Jueveros", de esta semana, se nos pide inspirarnos en el lejano Oeste americano. Para esta ocasión hago algo de trampa, presento aquí una posible segunda parte a uno de los relatos de la misma convocatoria, escrito por J.C. originalmente, tratando claro de respetar en lo posible, los modos y estilos del relato original. (Espero esto no genere problema)

Esta semana la convocatoria ha sido invocada por Mónica , pueden ver todas las condiciones y participaciones en esta URL de su blog "Neogeminis".

 "A modo de Western":

 Escribir una historia de alrededor de 350 palabras cuya temática se inspire en las convenciones del género cinematográfico del viejo Oeste americano pero con la libertad de reinterpretarlo o adaptarlo.



Juan “el Corto”, el comisario del pueblo, contempló cómo del saloon salía una figura vestida de negro. Con la habilidad de un vaquero curtido, lanzó su lazo y logró anclarle el cuello.

—¡Alto allí, forastera!. En “Último Destino” no nos gustan las pistoleras.

—Es cierto —dijo la pianista del saloon—, somos testigos de que ella le disparó a mansalva a un hombre sin mediar motivo alguno.

—Somos gente civilizada y de leyes —respondió Juan “el Corto”—. La pena por homicidio es la horca.

Y diciendo esas palabras, llevaron a la pistolera hacia el árbol situado en el centro del pueblo, la montaron en un caballo y, cuando el comisario estaba listo para darle el azote fatal al animal, desde el techo del saloon un indio lanzó certeramente su tomahawk con tal puntería que cortó el lazo con el que se pretendía administrar justicia. El caballo, alarmado, se encabritó y salió desbocado, llevándose con él a la pistolera vestida de negro.

—¡El indio le ha ayudado! —gritaron al unísono varios de los vecinos del pueblo.

Juan “el Corto” corrió hacia la parte trasera del saloon para capturar al cómplice, pero solo encontró al beodo del pueblo.

—¿Ha visto usted al indio? —interrogó con voz autoritaria Juan “el Corto”.

—¿El indio? Debe estar en la cantina —le respondió el desdichado, soltando una risa burlona.

Enojado, Juan “el Corto” le dio un empujón, sin saber que el indio no era otro que el esposo de la forajida, un experto en disfraces, y que ahora se presentaba como borracho sin levantar sospecha alguna.

El comisario entonces comenzó a ladrar órdenes:

—¡Tenemos que armar una partida recia; debemos alcanzar a la forajida antes de que cruce la frontera!

—Señor, no podemos hacerlo. Precisamente el indio es nuestro rastreador en estos casos; sin él estaríamos persiguiendo el rastro equivocado. Sería en vano cualquier acción — apuntó uno de los alguaciles

—Nadie escapa a la justicia de “Último Destino” —replicó, enojado, el comisario—. Despierten al encargado de telégrafos, debe transmitir a todos los Estados de la Unión, lo siguiente:

“Se busca pelirroja, vestida de negro, por homicidio. 

Recompensa capturada viva o muerta de 5000 dólares. 

Preferiblemente muerta (STOP)”.

—Tendremos que esperar cinco horas más: el telegrafista lo enterramos ayer; su reemplazo viene de la Capital y llegará en el tren de las 7 a. m., ni un segundo antes ni un segundo después —apostilló lacónicamente otro de los alguaciles.

Saturday, January 17, 2026

Cher Loca

Recuerdo que ese día mi querida amiga Irene Moriarty estaba más irritable que de costumbre. Nos dimos cita en su despacho del 221B de la calle de la Pastelera; nunca la había visto tan enojada.

— Venga, Guatsona, ¿qué le parece esto? 

— Veo un comentario de blog común y corriente. 

— No del todo. Ese comentario fue hecho con una herramienta moderna. 

— No veo la diferencia. ¿Cómo lo supo usted? 

— Elemental, mi querida Guatsona. Esos comentarios automáticos se detectan fácilmente porque, por lo general, hacen un sumario de mis relatos; jamás evocan un recuerdo del lector. 

— Pero ¿quién haría semejante acto de villanía y desfachatez? 

— Mi némesis, la Profesora. 

— ¿Te refieres a Cher? 

— Profesora Cher Loca —dijo la inconfundible voz de la más acérrima rival de mi amiga quien, sin ser invitada, acababa de entrar a la estancia en donde nos encontrábamos — Ese comentario no es mío. Yo lo hubiera pensado primero, lo hubiera redactado cuidadosamente y luego le hubiera indicado a esos terrores tecnológicos algo así como: "Transforma mi comentario al castellano como si fuera escrito por una chica informal de Namibia que se expresa con modismos y giros de aquel país". De ese modo, le bajo el nivel de "frialdad" que generan esos autómatas. 

— Lo cual es tres veces más diabólico —respondió Irene con gesto claramente indignado. 

— Ciertamente es una falta grave, casi tan vil como generar un cuento que no sale de nuestro puño y letra —apunté yo despiadadamente. 

— En mi caso, si me llegara uno de esos comentarios "automatizados", lo borraría sin miramientos, porque significa que el remitente ni siquiera se tomó la molestia de leerme —concluyó secamente Cher Loca.

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Esta vez he cometido un crimen… o peor, una herejía de marca mayor: 

he unido dos retos de escritura creativa en un solo relato. 

Aunque, todo sea dicho, la ocasión lo amerita:

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Relato presentado a la convocatoria de enero 2026 de Rebeca en Fuego en las Palabras #Fuegoenlaspalabras Tema: «Convierte a un personaje de algún cuento clásico en alguien totalmente distinto a quien era en la versión original del autor»

Puedes ver las demás participaciones siguiendo el enlace:


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Relato presentado a la convocatoria de enero 2026 de del blog Tintero del Oro Tema: «Escribe un micro de hasta 250 palabras inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola: cambio de escenario, personajes de otro cuento, diferente época...»

Puedes ver las demás participaciones siguiendo este enlace.

Thursday, October 2, 2025

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Pico de Élite

Combatir una poderosa organización internacional como Kraken, con tentáculos en Europa y cabeza en España, tiene a veces algo de paradoja: conforme íbamos siguiendo la estela de crímenes, quedó claro que su alcance era mundial. En Nueva York tenían un tentáculo tan grande que hacía palidecer las operaciones que manejaban en el Viejo Continente. Como miembro de Los 10.000 me enviaron en misión encubierta para localizar a los líderes de Kraken en Norteamérica. Obvio: no iba solo; detrás de mí había todo un equipo. Aun así, yo sería la "carne de cañón", mientras el resto pasaba por burócratas y técnicos de soporte.

El plan era sencillo sobre el papel: viajaría primero a Argentina y permanecería allí un tiempo. Desde ese país, con pasaporte, acento y ademanes de gaucho bien ensayados, me introduciría en la vida social de Nueva York como una suerte de hombre de negocios exitoso, ganándome la confianza de ciertas élites. Donde se mueve dinero, allí suele haber algo que huele a podrido, y Kraken sabía cómo ocuparse de esos olores.

¿De dónde saldría la pasta para hacerme pasar por inversor de cartel? No lo sabría concretar del todo, pero tenía acceso a varias cuentas que servirían para cubrir mi tapadera y despistar a cualquiera que olisqueara demasiado.

Tras meses de paciencia, me di cuenta de que donde más asuntos turbios se cocían era precisamente en el MoMA: un plátano con cinta adhesiva podía cotizarse por millones; toda una lavandería disfrazada de exquisitez artística, vaya tela.

No todo lo que olía a fraude era directamente de Kraken; había otras organizaciones metidas en la madeja y delincuentes sueltos. También gente del circuito artístico que, sin pertenecer al hampa, vivía de inflar precios hasta el absurdo.

Me fijé especialmente en una parejita de curadores suecos, los Lasse-Maja, que estaban subastando una pieza muy extraña: un pico de pulpo valorado en 40 millones de dólares. Según su relato, era la boca de una ammonita, extinta hace millones de años, única en el mundo; en resumen, algo apetecible para coleccionistas con demasiada ambición.

El día de la subasta hubo pujas durísimas, pero la obra se adjudicó mediante una oferta por internet. Los Lasse-Maja lograron sacar un botín de cien millones por su "chuchería". Ese fue mi primer aviso; algo en mi intuición me dijo que ese tipo de piezas tendrían tirón entre los círculos de Kraken.

No fue tarea fácil, pero conseguí colocar un trazador en la dichosa escultura. La vanidad de esos líderes sería mi pasaporte para desenmascararlos.

Desde un apartamento alquilado con vistas a Central Park, a prudente distancia del punto de entrega, seguí la señal en mi terminal. La escultura se movió por Manhattan hasta detenerse en la lujosa sede de las Naciones Unidas, un edificio tan célebre que era, en cierto modo, un secreto a plena vista. Allí se congeló el rastro. Atando cabos, comprendí que la Secretaria General era la cabeza del tentáculo de Kraken en Norteamérica. Se me heló la sangre: se trataba de la anciana Greta Thunberg, la filántropa más icónica del mundo, la mujer que durante décadas había financiado proyectos ambientales y coleccionado galardones.

El líder de Kraken en Norteamérica no era un mafioso escondido en un sótano, sino una figura intocable de la alta sociedad, cuyo rostro aparecía en revistas internacionales. Ella había estado a mi lado en un sinfín de galas, dándome palmaditas y alabando mis "éxitos" como inversor argentino. Todo ese tiempo  había sido la cabeza del gran tentáculo a la sombra, ocultándose a plena vista, usando la celebridad, la política y el arte como tapadera perfecta. Lo que empezó como un juego de despistes se convirtió en un enfrentamiento directo; yo, por fin, tenía un nombre.

Vía radio, informé a mi contacto:

— He identificado el huevo de pascua, repito, he identificado el huevo de pascua. ¿Procedo a hacer omelette?

— Negativo, negativo. Los superiores indican que no procedamos. La misión ha terminado; ahora debemos centrarnos en seguir a los Lasse-Maja. Un equipo de expertos de alto calibre vendrá a finiquitar el asunto —contestó una voz fría y distante al otro lado.

¡Maldición! Fuera lo que fuese, alguien había decidido alargar la comedia unos pasos más. Los Kraken son listos como el hambre. Soy agente entrenado y profesional, así que acaté la orden y nos esfumamos sin dejar rastro, a la chita callando, para seguir a la nueva presa. La información que había recopilado era valiosa, pero me quedaba la sensación amarga de que la decisión no era la mejor.

Apagué la terminal, clavé la mirada en la oscuridad de la pantalla y supe, con un frío que me recorrió hasta los huesos, que el verdadero riesgo no era descubrir quién llevaba la máscara, sino que alguien ya se había dado cuenta de que yo la había levantado.



Friday, September 5, 2025

Escapa conmigo



Minos, mi minino de Creta

si tan solo tuvieras una compañera

no estarías condenado al encierro

y la soledad.


Solo y solitario te entregaste

a las más bajas fechorías

a los crímenes más abominables


Vuelve a mí

ven conmigo


Te daré paz

tendrás mi amor

mis besos te sacarán de ese laberinto

en el que te has perdido.






Saturday, August 9, 2025

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Farmaquis Herpetón


El desierto casi me mata, pero ¿qué era un poco de insolación comparado con esto? Mi cometido estaba cumplido. Allí, semienterrado como un mal secreto, estaba el tesoro más grande del Clan Alacrania: la cabeza petrificada del fundador de los 8000. Tomé mi teléfono y, sin dudar, marqué por primera vez un número que tenía memorizado desde hacía largo tiempo. Al otro lado respondieron de inmediato.

—Lo he encontrado —indiqué en tono serio, incluso amenazante.

—¿Tu nombre es Farmaquis, no es verdad? —replicó una voz masculina con un aire quizá demasiado amistoso.

—Habla Madame Herpetón —repliqué secamente.

—Ja, ja, muy bien, belleza. En breve enviaré un equipo a tus coordenadas. Buen trabajo, serás recompensada.

Y colgó. Su tono, tan irritantemente informal, violaba cada protocolo del Clan. O era un idiota que no sabía con quién hablaba, o era alguien tan por encima de mí que las reglas ya no le importaban. Me incliné por lo segundo. Pero la palabra «recompensa» sí la entendí. Era el único lenguaje que nunca fallaba. Desde que pertenezco al Clan solo la habían mencionado otro par de veces y, en ambas ocasiones, algo bueno me había ocurrido.

Mientras esperaba el helicóptero que no venía por mí, sino por mi trofeo, sentí que el aire vibraba sobre la arena y el silencio era tan denso que casi podía masticarse. En ese vacío, los recuerdos siempre encuentran una forma de colarse, como escorpiones buscando la sombra.

Yo era bastante joven. Acababa de graduarme en la facultad de contaduría y había cumplido todos los requisitos para ejercer. Conseguí de inmediato una serie de empleos en los que di todo de mí, solo para quedar desempleada en menos de seis meses, una y otra vez. Luego vino la sequía: nadie quería darme trabajo. La competencia era tal que las empresas podían recibir diez mil hojas de vida para una sola plaza.

En aquellos días, las mejores ofertas aparecían en la prensa escrita, en la edición dominical: «Importante compañía multinacional requiere auxiliar de contabilidad con diez años de experiencia y manejo de SAP (y diez mil requisitos más). No mayor de 30 años. Enviar hoja de vida al apartado aéreo 666».

Cada fin de semana preparaba al menos diez sobres de manila con mis datos y los lunes los depositaba a primera hora en el correo, operaciones que drenaban poco a poco mi mermada economía. A veces recibía llamadas de recursos humanos para una entrevista, a la cual asistía impecable, muy profesional. A veces lograba pasar a una segunda fase con un jefe de área, y quizá hasta a un examen. Pero nunca conseguía el empleo.

Hasta que llamaron ellos: La Corporación Ponzoñi. La entrevista con la jefa de «Adquisición de Talentos» parecía normal. Poco a poco, ella condujo la conversación hacia un diálogo amistoso y abierto, centrado en mi experiencia. Me dejé llevar.

—Veo que el mercado tradicional no ha sido justo contigo —me dijo—. Has dado lo mejor de ti, pero te volvían invisible o se robaban el crédito de tus ideas. Encontrarás que nosotros somos diferentes. Aquí vemos el potencial de nuestros asociados y buscamos que lo exploten al máximo. Queremos que cada individuo llegue lejos en la consecución de sus objetivos.

Aquella dama debió de ver en mí algo que los otros nunca vieron. Quedé encantada con el ambiente que reflejaban: opulencia, lujo, poder y un trato casi de ciencia ficción. Lo notaron y, antes de darme cuenta, ya tenía sobre la mesa una oferta con un salario que doblaba mis expectativas. En un solo día, mi suerte había cambiado para siempre.

Como siempre, hice mi trabajo de forma meticulosa y eficiente. Sentía que mis jefes realmente valoraban mi labor, confiándome poco a poco mayores responsabilidades. Unos seis meses después, mientras archivaba unas facturas —usábamos papel azul—, noté varios folios de color rosado. Cuando iba a examinarlos, apareció Zulema, la de Costos, y con gesto sonriente los tomó antes que yo.

—Oh, estas son de «Inversiones Ectrodactilia», no deberían estar aquí. Si un auditor las encuentra, se armaría un gran lío.

Y sin más, se las llevó y las traspapeló donde nadie pudiera encontrarlas.

Quedé intrigada. Me propuse investigar esas transacciones rosadas.

Un día, durante el paseo corto después del almuerzo, el señor Rojas me dijo, entre chiste y chanza, que me fijara solo en el papel azul, que ningún otro color existía en la empresa. No lo tomé como una amenaza, pero anoté mentalmente el comentario.

Ni bien llegué a mi cubículo, Zulema me informó de que el jefe quería hablarme de inmediato en su oficina, en privado.

La secretaria me hizo pasar. El jefe, tras su escritorio, me dirigió una sonrisa amable.

—Farmaquis, pasa, por favor. Siéntate.

Como me vio dudar, continuó:

—No te preocupes por «Inversiones Ectrodactilia». Es una doble contabilidad —dijo en tono suave—. Todo el mundo lo hace para bajar impuestos. El gobierno prácticamente se lleva todas nuestras ganancias. Comprenderás que esto es confidencial, ¿no?

Mi mente seguía en blanco, pero debajo del pasmo, algo más profundo hizo clic. No era miedo. Era claridad. Todas las entrevistas fallidas, los jefes mediocres, la frustración… El problema no era yo, era el sistema. Y este hombre, con su sonrisa tranquila, me estaba ofreciendo la llave para salir de la jaula. Mi lealtad no fue una decisión; fue la única conclusión lógica. Levanté la vista y, sintiendo el peso de cada sílaba, respondí:

—Entiendo, jefe. Tiene mi absoluta discreción.

Y lo logré. Fui escalando dentro de la compleja jerarquía alacránida, enterándome de un sinfín de maniobras y prácticas poco convencionales que engordaban no solo los bolsillos de la corporación, sino también los míos.

Fue entonces cuando lo comprendí. No éramos los malos; éramos los únicos lógicos en un sistema diseñado por parásitos. Gobiernos que llaman «impuesto» al robo y «regulación» a la extorsión. ¿Y los 10.000? Los perros guardianes de esa farsa, celebrados por mantener las rejas de la jaula bien pulidas. Mi odio hacia ellos no fue una decisión. Fue un despertar.

Mis recuerdos se desvanecieron, devolviéndome al presente. Allí estaba yo, después de tantos años, con mi pie sobre la cara del primer enemigo. Le escupí, mientras en el horizonte comenzaba a oírse el sonido rítmico de la hélice de un helicóptero.

Un equipo de paleontólogos al servicio del Clan Alacrania extraería la cabeza que yacía enterrada en el desierto y, gracias a mí, pronto sería colocada como trofeo en la sala del "Gran Líder Iluminado".



Para agosto de 2025 me he unido a la convocatoria de Vadereto, del blog "Acervo de Letras" conducido por José (JascNet).

El Reto es el siguiente: Tenéis nueve imágenes en la siguiente galería, con distintas alegorías y posibles temas inspiradores. Debéis elegir una de ellas (o varias si sois osados o agonías) y a partir de lo que os sugiera la imagen construir un cuento.

SERIE LOS 10.000







Monday, July 21, 2025

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La Pirámide de Toledo



El alcalde de la ciudad, Alberto Aguilera de Lema, estaba sometido a una gran presión. En solo ocho meses, tres mujeres habían aparecido degolladas en la calle de la Luna, número 22. La unidad de investigación policial no tenía ni la más mínima pista de quién podía estar detrás de semejantes horrores. Por eso, muy a su pesar, se decidió a consultar al Doctor Adrián Costa, un coleccionista de objetos esotéricos rarísimos (nivel: vitrina para cada uno) y miembro de los 10.000.

Costa le había dado cita al alcalde en su piso —bueno, residencia suena más fino— a una hora que no era precisamente de oficina: las once de la noche, en el barrio de Malasaña, que dormía bajo una lluvia fina, muy de peli noir.

—Tengo un artefacto que puede ayudarnos a resolver tu misterio —dijo Costa, señalando una pequeña pirámide metálica que tenía sobre el escritorio, así como quien tiene un pisapapeles mágico.

—¿Dices que este adorno puede darnos la identidad del criminal? Venga ya, eso no tiene ni pies ni cabeza.

—No es un adorno cualquiera. Es la Pirámide de Toledo —un artefacto milenario que se recuperó en una subasta del siglo XVIII en Kiev.

Fue entonces cuando al alcalde le picó la curiosidad y se acercó a mirar bien el objeto misterioso. La superficie estaba tan pulida que parecía recién encerada y brillaba como si llevara LEDs por dentro.

—¿De qué está hecha?

—Pues nadie lo sabe a ciencia cierta. Es una aleación rara que incluye todos los metales plateados menos el tungsteno, que ya sabemos es el soso de la tabla periódica: cero propiedades mágicas.

—¿Y cómo se usa?

—Fácil. Te la pones en la frente, piensas la pregunta y ella... responde. ¿Quieres probar?

—Por supuesto. Adelante, tú primero.

Costa se colocó la pirámide sobre la frente, cerró los ojos y entró en un estado de concentración zen total. Pasaron unos segundos eternos y, de repente, abrió los ojos como si hubiese visto un fantasma en bata.

—No puede ser... es imposible —balbuceó.

—¿Qué has visto? ¡Explícate! —exigió el alcalde, ya sin disimular el pánico.

—La pirámide me ha revelado la identidad del asesino.

—¿Quién es? ¡Dímelo ya!

—No es una sola persona. Es una organización. Antigua, muy antigua. Pensábamos que estaba disuelta, pero nos la han colado bien durante siglos. 

—¿Pero cómo se llaman? ¡Dilo ya!

—Kraken. Han vuelto.



# PARA EL ENCUENTRO JUEVERO DEL 24 DE JULIO, NEOGEMINIS PROPONE:
  
5 ELEMENTOS  

- un paisaje urbano nocturno  
- un elemento tecnológico futurista  
- un peligro inminente  
- un personaje enigmático  
- un desenlace inesperado  


SERIE LOS 10.000