Último Destino
Para el reto de "los Jueveros", de esta semana, se nos pide inspirarnos en el lejano Oeste americano. Para esta ocasión hago algo de trampa, presento aquí una posible segunda parte a uno de los relatos de la misma convocatoria, escrito por J.C. originalmente, tratando claro de respetar en lo posible, los modos y estilos del relato original. (Espero esto no genere problema)
Juan “el Corto”, el comisario del pueblo, contempló cómo del saloon salía una figura vestida de negro. Con la habilidad de un vaquero curtido, lanzó su lazo y logró anclarle el cuello.
—¡Alto allí, forastera!. En “Último Destino” no nos gustan las pistoleras.
—Es cierto —dijo la pianista del saloon—, somos testigos de que ella le disparó a mansalva a un hombre sin mediar motivo alguno.
—Somos gente civilizada y de leyes —respondió Juan “el Corto”—. La pena por homicidio es la horca.
Y diciendo esas palabras, llevaron a la pistolera hacia el árbol situado en el centro del pueblo, la montaron en un caballo y, cuando el comisario estaba listo para darle el azote fatal al animal, desde el techo del saloon un indio lanzó certeramente su tomahawk con tal puntería que cortó el lazo con el que se pretendía administrar justicia. El caballo, alarmado, se encabritó y salió desbocado, llevándose con él a la pistolera vestida de negro.
—¡El indio le ha ayudado! —gritaron al unísono varios de los vecinos del pueblo.
Juan “el Corto” corrió hacia la parte trasera del saloon para capturar al cómplice, pero solo encontró al beodo del pueblo.
—¿Ha visto usted al indio? —interrogó con voz autoritaria Juan “el Corto”.
—¿El indio? Debe estar en la cantina —le respondió el desdichado, soltando una risa burlona.
Enojado, Juan “el Corto” le dio un empujón, sin saber que el indio no era otro que el esposo de la forajida, un experto en disfraces, y que ahora se presentaba como borracho sin levantar sospecha alguna.
El comisario entonces comenzó a ladrar órdenes:
—¡Tenemos que armar una partida recia; debemos alcanzar a la forajida antes de que cruce la frontera!
—Señor, no podemos hacerlo. Precisamente el indio es nuestro rastreador en estos casos; sin él estaríamos persiguiendo el rastro equivocado. Sería en vano cualquier acción — apuntó uno de los alguaciles
—Nadie escapa a la justicia de “Último Destino” —replicó, enojado, el comisario—. Despierten al encargado de telégrafos, debe transmitir a todos los Estados de la Unión, lo siguiente:
“Se busca pelirroja, vestida de negro, por homicidio.
Recompensa capturada viva o muerta de 5000 dólares.
Preferiblemente muerta (STOP)”.
—Tendremos que esperar cinco horas más: el telegrafista lo enterramos ayer; su reemplazo viene de la Capital y llegará en el tren de las 7 a. m., ni un segundo antes ni un segundo después —apostilló lacónicamente otro de los alguaciles.
Cher Loca
Recuerdo que ese día mi querida amiga Irene Moriarty estaba más irritable que de costumbre. Nos dimos cita en su despacho del 221B de la calle de la Pastelera; nunca la había visto tan enojada.
— Venga, Guatsona, ¿qué le parece esto?
— Veo un comentario de blog común y corriente.
— No del todo. Ese comentario fue hecho con una herramienta moderna.
— No veo la diferencia. ¿Cómo lo supo usted?
— Elemental, mi querida Guatsona. Esos comentarios automáticos se detectan fácilmente porque, por lo general, hacen un sumario de mis relatos; jamás evocan un recuerdo del lector.
— Pero ¿quién haría semejante acto de villanía y desfachatez?
— Mi némesis, la Profesora.
— ¿Te refieres a Cher?
— Profesora Cher Loca —dijo la inconfundible voz de la más acérrima rival de mi amiga quien, sin ser invitada, acababa de entrar a la estancia en donde nos encontrábamos — Ese comentario no es mío. Yo lo hubiera pensado primero, lo hubiera redactado cuidadosamente y luego le hubiera indicado a esos terrores tecnológicos algo así como: "Transforma mi comentario al castellano como si fuera escrito por una chica informal de Namibia que se expresa con modismos y giros de aquel país". De ese modo, le bajo el nivel de "frialdad" que generan esos autómatas.
— Lo cual es tres veces más diabólico —respondió Irene con gesto claramente indignado.
— Ciertamente es una falta grave, casi tan vil como generar un cuento que no sale de nuestro puño y letra —apunté yo despiadadamente.
— En mi caso, si me llegara uno de esos comentarios "automatizados", lo borraría sin miramientos, porque significa que el remitente ni siquiera se tomó la molestia de leerme —concluyó secamente Cher Loca.
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Esta vez he cometido un crimen… o peor, una herejía de marca mayor:
he unido dos retos de escritura creativa en un solo relato.
Aunque, todo sea dicho, la ocasión lo amerita:
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Puedes ver las demás participaciones siguiendo el enlace:
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Puedes ver las demás participaciones siguiendo este enlace.
Pico de Élite
Combatir una poderosa organización internacional como Kraken, con tentáculos en Europa y cabeza en España, tiene a veces algo de paradoja: conforme íbamos siguiendo la estela de crímenes, quedó claro que su alcance era mundial. En Nueva York tenían un tentáculo tan grande que hacía palidecer las operaciones que manejaban en el Viejo Continente. Como miembro de Los 10.000 me enviaron en misión encubierta para localizar a los líderes de Kraken en Norteamérica. Obvio: no iba solo; detrás de mí había todo un equipo. Aun así, yo sería la "carne de cañón", mientras el resto pasaba por burócratas y técnicos de soporte.
El plan era sencillo sobre el papel: viajaría primero a Argentina y permanecería allí un tiempo. Desde ese país, con pasaporte, acento y ademanes de gaucho bien ensayados, me introduciría en la vida social de Nueva York como una suerte de hombre de negocios exitoso, ganándome la confianza de ciertas élites. Donde se mueve dinero, allí suele haber algo que huele a podrido, y Kraken sabía cómo ocuparse de esos olores.
¿De dónde saldría la pasta para hacerme pasar por inversor de cartel? No lo sabría concretar del todo, pero tenía acceso a varias cuentas que servirían para cubrir mi tapadera y despistar a cualquiera que olisqueara demasiado.
Tras meses de paciencia, me di cuenta de que donde más asuntos turbios se cocían era precisamente en el MoMA: un plátano con cinta adhesiva podía cotizarse por millones; toda una lavandería disfrazada de exquisitez artística, vaya tela.
No todo lo que olía a fraude era directamente de Kraken; había otras organizaciones metidas en la madeja y delincuentes sueltos. También gente del circuito artístico que, sin pertenecer al hampa, vivía de inflar precios hasta el absurdo.
Me fijé especialmente en una parejita de curadores suecos, los Lasse-Maja, que estaban subastando una pieza muy extraña: un pico de pulpo valorado en 40 millones de dólares. Según su relato, era la boca de una ammonita, extinta hace millones de años, única en el mundo; en resumen, algo apetecible para coleccionistas con demasiada ambición.
El día de la subasta hubo pujas durísimas, pero la obra se adjudicó mediante una oferta por internet. Los Lasse-Maja lograron sacar un botín de cien millones por su "chuchería". Ese fue mi primer aviso; algo en mi intuición me dijo que ese tipo de piezas tendrían tirón entre los círculos de Kraken.
No fue tarea fácil, pero conseguí colocar un trazador en la dichosa escultura. La vanidad de esos líderes sería mi pasaporte para desenmascararlos.
Desde un apartamento alquilado con vistas a Central Park, a prudente distancia del punto de entrega, seguí la señal en mi terminal. La escultura se movió por Manhattan hasta detenerse en la lujosa sede de las Naciones Unidas, un edificio tan célebre que era, en cierto modo, un secreto a plena vista. Allí se congeló el rastro. Atando cabos, comprendí que la Secretaria General era la cabeza del tentáculo de Kraken en Norteamérica. Se me heló la sangre: se trataba de la anciana Greta Thunberg, la filántropa más icónica del mundo, la mujer que durante décadas había financiado proyectos ambientales y coleccionado galardones.
El líder de Kraken en Norteamérica no era un mafioso escondido en un sótano, sino una figura intocable de la alta sociedad, cuyo rostro aparecía en revistas internacionales. Ella había estado a mi lado en un sinfín de galas, dándome palmaditas y alabando mis "éxitos" como inversor argentino. Todo ese tiempo había sido la cabeza del gran tentáculo a la sombra, ocultándose a plena vista, usando la celebridad, la política y el arte como tapadera perfecta. Lo que empezó como un juego de despistes se convirtió en un enfrentamiento directo; yo, por fin, tenía un nombre.
Vía radio, informé a mi contacto:
— He identificado el huevo de pascua, repito, he identificado el huevo de pascua. ¿Procedo a hacer omelette?
— Negativo, negativo. Los superiores indican que no procedamos. La misión ha terminado; ahora debemos centrarnos en seguir a los Lasse-Maja. Un equipo de expertos de alto calibre vendrá a finiquitar el asunto —contestó una voz fría y distante al otro lado.
¡Maldición! Fuera lo que fuese, alguien había decidido alargar la comedia unos pasos más. Los Kraken son listos como el hambre. Soy agente entrenado y profesional, así que acaté la orden y nos esfumamos sin dejar rastro, a la chita callando, para seguir a la nueva presa. La información que había recopilado era valiosa, pero me quedaba la sensación amarga de que la decisión no era la mejor.
Apagué la terminal, clavé la mirada en la oscuridad de la pantalla y supe, con un frío que me recorrió hasta los huesos, que el verdadero riesgo no era descubrir quién llevaba la máscara, sino que alguien ya se había dado cuenta de que yo la había levantado.
Escapa conmigo
Minos, mi minino de Creta
si tan solo tuvieras una compañera
no estarías condenado al encierro
y la soledad.
Solo y solitario te entregaste
a las más bajas fechorías
a los crímenes más abominables
Vuelve a mí
ven conmigo
Te daré paz
tendrás mi amor
mis besos te sacarán de ese laberinto
en el que te has perdido.
Farmaquis Herpetón
El desierto casi me mata, pero ¿qué era un poco de insolación comparado con esto? Mi cometido estaba cumplido. Allí, semienterrado como un mal secreto, estaba el tesoro más grande del Clan Alacrania: la cabeza petrificada del fundador de los 8000. Tomé mi teléfono y, sin dudar, marqué por primera vez un número que tenía memorizado desde hacía largo tiempo. Al otro lado respondieron de inmediato.
—Lo he encontrado —indiqué en tono serio, incluso amenazante.
—¿Tu nombre es Farmaquis, no es verdad? —replicó una voz masculina con un aire quizá demasiado amistoso.
—Habla Madame Herpetón —repliqué secamente.
—Ja, ja, muy bien, belleza. En breve enviaré un equipo a tus coordenadas. Buen trabajo, serás recompensada.
Y colgó. Su tono, tan irritantemente informal, violaba cada protocolo del Clan. O era un idiota que no sabía con quién hablaba, o era alguien tan por encima de mí que las reglas ya no le importaban. Me incliné por lo segundo. Pero la palabra «recompensa» sí la entendí. Era el único lenguaje que nunca fallaba. Desde que pertenezco al Clan solo la habían mencionado otro par de veces y, en ambas ocasiones, algo bueno me había ocurrido.
Mientras esperaba el helicóptero que no venía por mí, sino por mi trofeo, sentí que el aire vibraba sobre la arena y el silencio era tan denso que casi podía masticarse. En ese vacío, los recuerdos siempre encuentran una forma de colarse, como escorpiones buscando la sombra.
Yo era bastante joven. Acababa de graduarme en la facultad de contaduría y había cumplido todos los requisitos para ejercer. Conseguí de inmediato una serie de empleos en los que di todo de mí, solo para quedar desempleada en menos de seis meses, una y otra vez. Luego vino la sequía: nadie quería darme trabajo. La competencia era tal que las empresas podían recibir diez mil hojas de vida para una sola plaza.
En aquellos días, las mejores ofertas aparecían en la prensa escrita, en la edición dominical: «Importante compañía multinacional requiere auxiliar de contabilidad con diez años de experiencia y manejo de SAP (y diez mil requisitos más). No mayor de 30 años. Enviar hoja de vida al apartado aéreo 666».
Cada fin de semana preparaba al menos diez sobres de manila con mis datos y los lunes los depositaba a primera hora en el correo, operaciones que drenaban poco a poco mi mermada economía. A veces recibía llamadas de recursos humanos para una entrevista, a la cual asistía impecable, muy profesional. A veces lograba pasar a una segunda fase con un jefe de área, y quizá hasta a un examen. Pero nunca conseguía el empleo.
Hasta que llamaron ellos: La Corporación Ponzoñi. La entrevista con la jefa de «Adquisición de Talentos» parecía normal. Poco a poco, ella condujo la conversación hacia un diálogo amistoso y abierto, centrado en mi experiencia. Me dejé llevar.
—Veo que el mercado tradicional no ha sido justo contigo —me dijo—. Has dado lo mejor de ti, pero te volvían invisible o se robaban el crédito de tus ideas. Encontrarás que nosotros somos diferentes. Aquí vemos el potencial de nuestros asociados y buscamos que lo exploten al máximo. Queremos que cada individuo llegue lejos en la consecución de sus objetivos.
Aquella dama debió de ver en mí algo que los otros nunca vieron. Quedé encantada con el ambiente que reflejaban: opulencia, lujo, poder y un trato casi de ciencia ficción. Lo notaron y, antes de darme cuenta, ya tenía sobre la mesa una oferta con un salario que doblaba mis expectativas. En un solo día, mi suerte había cambiado para siempre.
Como siempre, hice mi trabajo de forma meticulosa y eficiente. Sentía que mis jefes realmente valoraban mi labor, confiándome poco a poco mayores responsabilidades. Unos seis meses después, mientras archivaba unas facturas —usábamos papel azul—, noté varios folios de color rosado. Cuando iba a examinarlos, apareció Zulema, la de Costos, y con gesto sonriente los tomó antes que yo.
—Oh, estas son de «Inversiones Ectrodactilia», no deberían estar aquí. Si un auditor las encuentra, se armaría un gran lío.
Y sin más, se las llevó y las traspapeló donde nadie pudiera encontrarlas.
Quedé intrigada. Me propuse investigar esas transacciones rosadas.
Un día, durante el paseo corto después del almuerzo, el señor Rojas me dijo, entre chiste y chanza, que me fijara solo en el papel azul, que ningún otro color existía en la empresa. No lo tomé como una amenaza, pero anoté mentalmente el comentario.
Ni bien llegué a mi cubículo, Zulema me informó de que el jefe quería hablarme de inmediato en su oficina, en privado.
La secretaria me hizo pasar. El jefe, tras su escritorio, me dirigió una sonrisa amable.
—Farmaquis, pasa, por favor. Siéntate.
Como me vio dudar, continuó:
—No te preocupes por «Inversiones Ectrodactilia». Es una doble contabilidad —dijo en tono suave—. Todo el mundo lo hace para bajar impuestos. El gobierno prácticamente se lleva todas nuestras ganancias. Comprenderás que esto es confidencial, ¿no?
Mi mente seguía en blanco, pero debajo del pasmo, algo más profundo hizo clic. No era miedo. Era claridad. Todas las entrevistas fallidas, los jefes mediocres, la frustración… El problema no era yo, era el sistema. Y este hombre, con su sonrisa tranquila, me estaba ofreciendo la llave para salir de la jaula. Mi lealtad no fue una decisión; fue la única conclusión lógica. Levanté la vista y, sintiendo el peso de cada sílaba, respondí:
—Entiendo, jefe. Tiene mi absoluta discreción.
Y lo logré. Fui escalando dentro de la compleja jerarquía alacránida, enterándome de un sinfín de maniobras y prácticas poco convencionales que engordaban no solo los bolsillos de la corporación, sino también los míos.
Fue entonces cuando lo comprendí. No éramos los malos; éramos los únicos lógicos en un sistema diseñado por parásitos. Gobiernos que llaman «impuesto» al robo y «regulación» a la extorsión. ¿Y los 10.000? Los perros guardianes de esa farsa, celebrados por mantener las rejas de la jaula bien pulidas. Mi odio hacia ellos no fue una decisión. Fue un despertar.
Mis recuerdos se desvanecieron, devolviéndome al presente. Allí estaba yo, después de tantos años, con mi pie sobre la cara del primer enemigo. Le escupí, mientras en el horizonte comenzaba a oírse el sonido rítmico de la hélice de un helicóptero.
Un equipo de paleontólogos al servicio del Clan Alacrania extraería la cabeza que yacía enterrada en el desierto y, gracias a mí, pronto sería colocada como trofeo en la sala del "Gran Líder Iluminado".
Para agosto de 2025 me he unido a la convocatoria de Vadereto, del blog "Acervo de Letras" conducido por José (JascNet).
SERIE LOS 10.000
II. Los Vigilantes
III. El invencible
IV. Pluvia Mayrit
V. Bilbo Bilua
VI. El subIntendente
VII. La montaña
La Pirámide de Toledo
El alcalde de la ciudad, Alberto Aguilera de Lema, estaba sometido a una gran presión. En solo ocho meses, tres mujeres habían aparecido degolladas en la calle de la Luna, número 22. La unidad de investigación policial no tenía ni la más mínima pista de quién podía estar detrás de semejantes horrores. Por eso, muy a su pesar, se decidió a consultar al Doctor Adrián Costa, un coleccionista de objetos esotéricos rarísimos (nivel: vitrina para cada uno) y miembro de los 10.000.
Costa le había dado cita al alcalde en su piso —bueno, residencia suena más fino— a una hora que no era precisamente de oficina: las once de la noche, en el barrio de Malasaña, que dormía bajo una lluvia fina, muy de peli noir.
—Tengo un artefacto que puede ayudarnos a resolver tu misterio —dijo Costa, señalando una pequeña pirámide metálica que tenía sobre el escritorio, así como quien tiene un pisapapeles mágico.
—¿Dices que este adorno puede darnos la identidad del criminal? Venga ya, eso no tiene ni pies ni cabeza.
—No es un adorno cualquiera. Es la Pirámide de Toledo —un artefacto milenario que se recuperó en una subasta del siglo XVIII en Kiev.
Fue entonces cuando al alcalde le picó la curiosidad y se acercó a mirar bien el objeto misterioso. La superficie estaba tan pulida que parecía recién encerada y brillaba como si llevara LEDs por dentro.
—¿De qué está hecha?
—Pues nadie lo sabe a ciencia cierta. Es una aleación rara que incluye todos los metales plateados menos el tungsteno, que ya sabemos es el soso de la tabla periódica: cero propiedades mágicas.
—¿Y cómo se usa?
—Fácil. Te la pones en la frente, piensas la pregunta y ella... responde. ¿Quieres probar?
—Por supuesto. Adelante, tú primero.
Costa se colocó la pirámide sobre la frente, cerró los ojos y entró en un estado de concentración zen total. Pasaron unos segundos eternos y, de repente, abrió los ojos como si hubiese visto un fantasma en bata.
—No puede ser... es imposible —balbuceó.
—¿Qué has visto? ¡Explícate! —exigió el alcalde, ya sin disimular el pánico.
—La pirámide me ha revelado la identidad del asesino.
—¿Quién es? ¡Dímelo ya!
—No es una sola persona. Es una organización. Antigua, muy antigua. Pensábamos que estaba disuelta, pero nos la han colado bien durante siglos.
—¿Pero cómo se llaman? ¡Dilo ya!
—Kraken. Han vuelto.
# PARA EL ENCUENTRO JUEVERO DEL 24 DE JULIO, NEOGEMINIS PROPONE:
5 ELEMENTOS - un paisaje urbano nocturno - un elemento tecnológico futurista - un peligro inminente - un personaje enigmático - un desenlace inesperado
SERIE LOS 10.000
La Señal
Eran las tres de la mañana cuando recibí la llamada de la Jefa. Soy de ese tipo de personas a las que buscan cuando todo se va al garete y alguien de la élite que nos gobierna empieza a morderse las uñas. Pertenezco a los 10.000.
Los sucesos ocurrieron en una instalación del gobierno donde ningún hombre nacido de mujer puede poner un pie: un laboratorio de experimentación genética, bajo tierra.
Al parecer, alguien no entendió la señal de acceso restringido en una de las puertas. Que vamos, para cualquiera con dos dedos de frente está clarinete que ese símbolo indica la presencia de una minotaura dentro. Pero ya se sabe… siempre hay algún iluminado que no distingue entre una señal de peligro y un logo de discoteca postmoderna.
—¿Esas son todas las pistas? —le pregunté a la Jefa, intentando sonar más tonta de lo que soy, que a veces cuela.
—Hay unas salpicaduras más por el pasillo y luego… nada. Por eso te llamamos. Tu misión, si decides aceptarla, es traernos al dueño de esos fluidos... vivo o muerto. Total, ya está herido.
—Pfff… —respondí, poniendo cara de asco como quien ve una tortilla sin sal—. Les costará seis millones.
—¡Hecho, querida! El dinero ya está en tu cuenta.
Y ahí me tenéis, con el traje antibacteriano a medio abrochar, las botas llenas de barro lunar, y el café de cápsula aún en la mano, dispuesta a rastrear los charcos fluorescentes de un bicho que, según el protocolo, no debería ni existir. Pero en este curro, lo raro es lo de siempre, y lo imposible… pues casi que también.
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Participo en el reto de Cada Jueves un Relato, convocado por Neogeminis bajo estas directivas:
Último Destino
Para el reto de "los Jueveros", de esta semana, se nos pide inspirarnos en el lejano Oeste americano. Para esta ocasión hago algo...







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