• El Inspector Dan



    Esa mañana Crispín Matalascañas estaba bastante alborotado. Entró de improviso a mi despacho, sin siquiera llamar a la puerta.

    —Baldomero, lo he encontrado, y lo que ocurre es bastante grave.

    —Madre mía, Crispín, ¿qué es todo este escándalo? ¿A quién encontraste?

    —No es quién, sino qué.

    —Dispara, pues.

    —Tengo en mi poder un número inédito de "El Inspector Dan". No preguntes cómo lo conseguí. Según se dice, solo hay tres ejemplares conocidos de ese tiraje.

    —¿Quién?

    —¡El Inspector Dan! Una tira cómica muy famosa, en la que su protagonista resuelve crímenes macabros en Londres.

    —Vas captando mi atención, chaval.

    —En este número el Inspector está internado por cuestiones de salud mental. Pero es atendido con mucha dedicación, en recompensa a su talento como asesor de investigadores.

    —Bastante raro, pero ¿de qué se trata el crimen que investiga?

    —Varios científicos han muerto, pero sus cadáveres no tienen ni una gota de sangre. Se sospecha que se trata de los Cefalópodos de Edimburgo, un grupo ocultista anti ciencia.

    —Vale, me tienta. Anda, a ver, déjame darle una ojeada al tebeo, a ver cómo resuelve tu inspector el misterio.

    —Eso no va a ser posible.

    —¿Por qué? No entiendo.

    —Precisamente el número que he conseguido me lo dio un traficante chino de historietas raras, pero la última página, en donde se descubre al culpable, ha sido arrancada.

    —Sabía que algo te traías entre manos, Crispín. Sin esa hoja la historieta pierde todo su valor.

    —Exacto. Estamos ante un crimen serio. ¿Crees que tú puedas resolverlo?

    —Me intriga bastante. Supongo que el principal sospechoso será ese chino que te lo vendió o, lo más fácil y directo: tú alteraste la historieta. ¿Con qué fin? Dímelo tú.

    —¡BINGO, Baldomero! Tu mente siempre tan alerta. No he podido engañarte esta vez.

    —Bueno, además conozco ese número. Ya lo había visto antes con otro coleccionista y sé exactamente quién cometió los crímenes.

    —Me asombras, estimado. Digno miembro de los 10.000.

    💬

    Texto escrito para participar en la convocatoria de escritura creativa para "Los Relatos Jueveros" de marzo de 2026, a cargo de El Demiurgo:

    La premisa es la siguiente:

    Se trata de escribir un relato policial en el que se haya cometido un crimen. Dejo algunas sugerencias:

    1) Un personaje está internado por cuestiones de salud mental, pero es atendido con mucha dedicación, en recompensa a su talento como asesor de investigadores.

    8) Asesinatos de científicos. Se sospecha de un culto anti ciencia aunque los sospechosos más obvios pueden no ser los culpables.

    Ver la llamada original junto con otros relatos que responden al reto siguiendo el enlace.


  • Los 4 jinetes


    Era una mañana de 1984 y Emmanuel Goldstein se acercaba peligrosamente a robar mis huevos:

    — ¿Por qué mi señor viene a mí, pudiendo tener a cualquier mujer?

    — Mis cuatro hijos no pueden provenir de cualquiera; siendo los hijos del Príncipe de las Tinieblas, merecen una madre que rivalice con las profecías bíblicas.

    — Tan solo soy una miserable sierva que duerme a las puertas de la ciudad de Teherán.

    — Querrás decir la Minotaura más cruel que permanece a las afueras, tentando a todo aquel que se atreve a cruzar este rincón olvidado de la mano del... «Altísimo» —dijo el Maligno, haciendo gestos de atragantarse con la última palabra, mientras señalaba una pila maloliente de huesos a medio roer.

    — Hago lo que puedo para sobrevivir —contesté, bajando la cabeza.

    — Me darás cuatro hijos: uno gobernará al Norte, el segundo al Poniente, otro será banquero y el más chico, sacerdote.

    — Por un precio puedo ser la madre de toda tu prole; hasta nietos puedo darte si veo una bolsa de oro en mi lecho.

    — Está hecho, pero te advierto: tus días están contados. Parirás con dolor y después nadie volverá a saber de tu existencia.

    — ¿Adónde iré?

    — Con tu «prontuario», no creo que a «goody gudi» le intereses mucho. Me temo que tendré que llevarte a vivir a mi humilde mansión de los reinos subterráneos.

    — ¿Seré tan reina como tú?

    — No lo creo; soy Príncipe y más bien la paso de solterón, pero qué más da: un cambio caótico en mis dominios no sería raro. Al menos tienes cuernos.

    — Los críos tendrán cara de vaca y piernas de cabra, ¿en qué colegio los iban a recibir?

    — No dudes más, mujer, de eso me encargo yo.


    Relato participante en el Microreto del Tintero de Oro, marzo 2026, 

    «La bestia». Ver condiciones y otras participaciones siguiendo el enlace.

  • Encadenadas

    «Tu padre fue Aleister Crowley».


    Ya han pasado varias décadas desde que escuché por primera vez esa frase en boca de la persona a la que llamaba Madre.


    La norma es que las hechiceras no tenemos hijos. Madre me recogió en un orfanato.


    «Ya has visto y te han hecho bastante mal, querida niña. Ven conmigo y comprenderás el significado de todo ello».


    Esa fue la primera frase que me dirigió, allí mismo, el día en que la hermana superiora le mostró a los posibles prospectos de adopción.


    No me quejo de ella. No fue fácil convertirme en su sucesora, ni ha sido fácil educar a la mía: otra niña con un pasado de siniestros infortunios y, por supuesto, habitante de los orfanatos.


    También le diré que su padre es Aleister Crowley; es el padre de todas nosotras.


    Esto es necesario, porque adentrarse en el conocimiento prohibido exige cierto aire de familia. Cuando adoptamos a alguien, la relación es la de una verdadera madre con su hija: la Guía y la Aprendiz. Siempre ha sido así y siempre lo será.


    El día en que sabes el nombre del Padre es uno de los más importantes; entonces comienza el entrenamiento en «Thelemas», cuando lo oculto se muestra a la iniciada.


    Por primera vez deberá conducir un ritual sacrílego (que no describiré aquí, pues el lector podría intentar hacerlo por sí solo, con grave peligro si no se realiza de la debida forma). Conozco el estado de ánimo que eso provoca en la practicante: «ver» aquello que es prohibido y mancillador por primera vez requiere el apoyo de alguien que ya haya vivido la experiencia.


    No se puede fallar. Una vez finalizada la ceremonia, la practicante queda completamente sin fuerzas, enferma durante varias semanas, y necesita a alguien a su lado. Si sobrevive, recibe la «cadena» de Aleister, una preciada gargantilla de un material que, a primera vista, parece modesto y tosco. Entonces pasa a ser Hechicera oficial, y aquella que la acompañaba se retira, convertida en una sombra.


    También estoy nerviosa. Para mí será la primera y única vez que acompañe, desde la pasividad, a una Practicante en acción. Y aquí viene lo interesante: cada persona tiene un post-ritual específico. Recuerdo que yo pasé varias semanas viendo «La Verdad», pero separada en múltiples dimensiones. La fiebre era altísima. Mi Madre me dio aquel brebaje amargo; supo cuidar de mí. Incluso la vi llorar, porque pensaba que iba a perderme. Supongo que ella era más sabia y fuerte que yo: no dejó que cayera en el abismo.


    ¿Podré hacer lo mismo? ¿Es esta otra prueba para llevarme a un nuevo nivel de conocimiento? Si es así, Madre no me contó todo… o me contó lo suficiente para que yo pudiera decidir por mí misma en el futuro. No lo sé. No lo sé. Yo también haría por mi hija cualquier cosa que fuera necesaria ante un peligro mayor.

    -o-

    Ya han pasado dos semanas desde que se realizó el ritual de los Thelemas y mi hija no parece tener ningún síntoma parecido a los míos. Supongo que la escogí bien… o que algo se hizo mal en la ceremonia. Ella se ve tan campante como siempre. Todo se sabrá cuando le entregue mi cadena.


    Ese será el símbolo de que ahora debe ser la Madre de alguien e iniciará, para mí, un camino diferente, uno para el que nunca fui entrenada: vivir como una persona normal, sin magia, alejada de todo ceremonial y parafernalia.


    «Lo hiciste bien».


    Escuché de nuevo la voz de Madre. Sentí que su mano se posaba gentilmente sobre mi hombro. Sé que en realidad nunca estuve sola: porto todo el saber de Madre y de todas las madres anteriores a ella. Y ahora, gracias al ritual y a la cadena, yo también continuaré viviendo en las penumbras de la mente de mi hija.

    -o-

    Ha pasado bastante tiempo desde aquel ritual. Mi mente se ha aclarado; la distancia y el retiro me hicieron comprender el significado de la cadena. Fue un objeto que perteneció a una tal H. Morvont, la tercera esposa de Crowley, una niña que él recogió en un orfanato: fue él quien inició la tradición. Siempre había sospechado de la cadena, pero, como portadora, no deseaba quitármela, pues ese talismán es el que conecta con la Fuente del Poder… y tiene voluntad propia.


    Una Practicante bien podría evitar continuar la tradición de sucesiones, podría elegir no tener una hija a la cual entrenar. Pero una vez que la cadena se posa en el cuello, quedas esclava de ese poder venido más allá de los sitios innombrables. Solo existe una mínima ocasión para quitársela: el instante del ritual.


    No lo supe en su momento, ni me correspondía decidir si la sucesión debía interrumpirse o no. Mi Madre no me lo advirtió. O, mejor aún, no quise escucharla, porque cuando eres una Practicante te encuentras en la cima del mundo. ¿Quién, en esas circunstancias, escucharía los balbuceos delirantes de una Madre postiza?


    -o-



  • Último Destino

    Para el reto de  "los Jueveros", de esta semana, se nos pide inspirarnos en el lejano Oeste americano. Para esta ocasión hago algo de trampa, presento aquí una posible segunda parte a uno de los relatos de la misma convocatoria, escrito por J.C. originalmente, tratando claro de respetar en lo posible, los modos y estilos del relato original. (Espero esto no genere problema)

    Esta semana la convocatoria ha sido invocada por Mónica , pueden ver todas las condiciones y participaciones en esta URL de su blog "Neogeminis".

     "A modo de Western":

     Escribir una historia de alrededor de 350 palabras cuya temática se inspire en las convenciones del género cinematográfico del viejo Oeste americano pero con la libertad de reinterpretarlo o adaptarlo.



    Juan “el Corto”, el comisario del pueblo, contempló cómo del saloon salía una figura vestida de negro. Con la habilidad de un vaquero curtido, lanzó su lazo y logró anclarle el cuello.

    —¡Alto allí, forastera!. En “Último Destino” no nos gustan las pistoleras.

    —Es cierto —dijo la pianista del saloon—, somos testigos de que ella le disparó a mansalva a un hombre sin mediar motivo alguno.

    —Somos gente civilizada y de leyes —respondió Juan “el Corto”—. La pena por homicidio es la horca.

    Y diciendo esas palabras, llevaron a la pistolera hacia el árbol situado en el centro del pueblo, la montaron en un caballo y, cuando el comisario estaba listo para darle el azote fatal al animal, desde el techo del saloon un indio lanzó certeramente su tomahawk con tal puntería que cortó el lazo con el que se pretendía administrar justicia. El caballo, alarmado, se encabritó y salió desbocado, llevándose con él a la pistolera vestida de negro.

    —¡El indio le ha ayudado! —gritaron al unísono varios de los vecinos del pueblo.

    Juan “el Corto” corrió hacia la parte trasera del saloon para capturar al cómplice, pero solo encontró al beodo del pueblo.

    —¿Ha visto usted al indio? —interrogó con voz autoritaria Juan “el Corto”.

    —¿El indio? Debe estar en la cantina —le respondió el desdichado, soltando una risa burlona.

    Enojado, Juan “el Corto” le dio un empujón, sin saber que el indio no era otro que el esposo de la forajida, un experto en disfraces, y que ahora se presentaba como borracho sin levantar sospecha alguna.

    El comisario entonces comenzó a ladrar órdenes:

    —¡Tenemos que armar una partida recia; debemos alcanzar a la forajida antes de que cruce la frontera!

    —Señor, no podemos hacerlo. Precisamente el indio es nuestro rastreador en estos casos; sin él estaríamos persiguiendo el rastro equivocado. Sería en vano cualquier acción — apuntó uno de los alguaciles

    —Nadie escapa a la justicia de “Último Destino” —replicó, enojado, el comisario—. Despierten al encargado de telégrafos, debe transmitir a todos los Estados de la Unión, lo siguiente:

    “Se busca pelirroja, vestida de negro, por homicidio. 

    Recompensa capturada viva o muerta de 5000 dólares. 

    Preferiblemente muerta (STOP)”.

    —Tendremos que esperar cinco horas más: el telegrafista lo enterramos ayer; su reemplazo viene de la Capital y llegará en el tren de las 7 a. m., ni un segundo antes ni un segundo después —apostilló lacónicamente otro de los alguaciles.

  • Cher Loca

    Recuerdo que ese día mi querida amiga Irene Moriarty estaba más irritable que de costumbre. Nos dimos cita en su despacho del 221B de la calle de la Pastelera; nunca la había visto tan enojada.

    — Venga, Guatsona, ¿qué le parece esto? 

    — Veo un comentario de blog común y corriente. 

    — No del todo. Ese comentario fue hecho con una herramienta moderna. 

    — No veo la diferencia. ¿Cómo lo supo usted? 

    — Elemental, mi querida Guatsona. Esos comentarios automáticos se detectan fácilmente porque, por lo general, hacen un sumario de mis relatos; jamás evocan un recuerdo del lector. 

    — Pero ¿quién haría semejante acto de villanía y desfachatez? 

    — Mi némesis, la Profesora. 

    — ¿Te refieres a Cher? 

    — Profesora Cher Loca —dijo la inconfundible voz de la más acérrima rival de mi amiga quien, sin ser invitada, acababa de entrar a la estancia en donde nos encontrábamos — Ese comentario no es mío. Yo lo hubiera pensado primero, lo hubiera redactado cuidadosamente y luego le hubiera indicado a esos terrores tecnológicos algo así como: "Transforma mi comentario al castellano como si fuera escrito por una chica informal de Namibia que se expresa con modismos y giros de aquel país". De ese modo, le bajo el nivel de "frialdad" que generan esos autómatas. 

    — Lo cual es tres veces más diabólico —respondió Irene con gesto claramente indignado. 

    — Ciertamente es una falta grave, casi tan vil como generar un cuento que no sale de nuestro puño y letra —apunté yo despiadadamente. 

    — En mi caso, si me llegara uno de esos comentarios "automatizados", lo borraría sin miramientos, porque significa que el remitente ni siquiera se tomó la molestia de leerme —concluyó secamente Cher Loca.

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    Esta vez he cometido un crimen… o peor, una herejía de marca mayor: 

    he unido dos retos de escritura creativa en un solo relato. 

    Aunque, todo sea dicho, la ocasión lo amerita:

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    Relato presentado a la convocatoria de enero 2026 de Rebeca en Fuego en las Palabras #Fuegoenlaspalabras Tema: «Convierte a un personaje de algún cuento clásico en alguien totalmente distinto a quien era en la versión original del autor»

    Puedes ver las demás participaciones siguiendo el enlace:


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    Relato presentado a la convocatoria de enero 2026 de del blog Tintero del Oro Tema: «Escribe un micro de hasta 250 palabras inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola: cambio de escenario, personajes de otro cuento, diferente época...»

    Puedes ver las demás participaciones siguiendo este enlace.

  • Pico de Élite

    Combatir una poderosa organización internacional como Kraken, con tentáculos en Europa y cabeza en España, tiene a veces algo de paradoja: conforme íbamos siguiendo la estela de crímenes, quedó claro que su alcance era mundial. En Nueva York tenían un tentáculo tan grande que hacía palidecer las operaciones que manejaban en el Viejo Continente. Como miembro de Los 10.000 me enviaron en misión encubierta para localizar a los líderes de Kraken en Norteamérica. Obvio: no iba solo; detrás de mí había todo un equipo. Aun así, yo sería la "carne de cañón", mientras el resto pasaba por burócratas y técnicos de soporte.

    El plan era sencillo sobre el papel: viajaría primero a Argentina y permanecería allí un tiempo. Desde ese país, con pasaporte, acento y ademanes de gaucho bien ensayados, me introduciría en la vida social de Nueva York como una suerte de hombre de negocios exitoso, ganándome la confianza de ciertas élites. Donde se mueve dinero, allí suele haber algo que huele a podrido, y Kraken sabía cómo ocuparse de esos olores.

    ¿De dónde saldría la pasta para hacerme pasar por inversor de cartel? No lo sabría concretar del todo, pero tenía acceso a varias cuentas que servirían para cubrir mi tapadera y despistar a cualquiera que olisqueara demasiado.

    Tras meses de paciencia, me di cuenta de que donde más asuntos turbios se cocían era precisamente en el MoMA: un plátano con cinta adhesiva podía cotizarse por millones; toda una lavandería disfrazada de exquisitez artística, vaya tela.

    No todo lo que olía a fraude era directamente de Kraken; había otras organizaciones metidas en la madeja y delincuentes sueltos. También gente del circuito artístico que, sin pertenecer al hampa, vivía de inflar precios hasta el absurdo.

    Me fijé especialmente en una parejita de curadores suecos, los Lasse-Maja, que estaban subastando una pieza muy extraña: un pico de pulpo valorado en 40 millones de dólares. Según su relato, era la boca de una ammonita, extinta hace millones de años, única en el mundo; en resumen, algo apetecible para coleccionistas con demasiada ambición.

    El día de la subasta hubo pujas durísimas, pero la obra se adjudicó mediante una oferta por internet. Los Lasse-Maja lograron sacar un botín de cien millones por su "chuchería". Ese fue mi primer aviso; algo en mi intuición me dijo que ese tipo de piezas tendrían tirón entre los círculos de Kraken.

    No fue tarea fácil, pero conseguí colocar un trazador en la dichosa escultura. La vanidad de esos líderes sería mi pasaporte para desenmascararlos.

    Desde un apartamento alquilado con vistas a Central Park, a prudente distancia del punto de entrega, seguí la señal en mi terminal. La escultura se movió por Manhattan hasta detenerse en la lujosa sede de las Naciones Unidas, un edificio tan célebre que era, en cierto modo, un secreto a plena vista. Allí se congeló el rastro. Atando cabos, comprendí que la Secretaria General era la cabeza del tentáculo de Kraken en Norteamérica. Se me heló la sangre: se trataba de la anciana Greta Thunberg, la filántropa más icónica del mundo, la mujer que durante décadas había financiado proyectos ambientales y coleccionado galardones.

    El líder de Kraken en Norteamérica no era un mafioso escondido en un sótano, sino una figura intocable de la alta sociedad, cuyo rostro aparecía en revistas internacionales. Ella había estado a mi lado en un sinfín de galas, dándome palmaditas y alabando mis "éxitos" como inversor argentino. Todo ese tiempo  había sido la cabeza del gran tentáculo a la sombra, ocultándose a plena vista, usando la celebridad, la política y el arte como tapadera perfecta. Lo que empezó como un juego de despistes se convirtió en un enfrentamiento directo; yo, por fin, tenía un nombre.

    Vía radio, informé a mi contacto:

    — He identificado el huevo de pascua, repito, he identificado el huevo de pascua. ¿Procedo a hacer omelette?

    — Negativo, negativo. Los superiores indican que no procedamos. La misión ha terminado; ahora debemos centrarnos en seguir a los Lasse-Maja. Un equipo de expertos de alto calibre vendrá a finiquitar el asunto —contestó una voz fría y distante al otro lado.

    ¡Maldición! Fuera lo que fuese, alguien había decidido alargar la comedia unos pasos más. Los Kraken son listos como el hambre. Soy agente entrenado y profesional, así que acaté la orden y nos esfumamos sin dejar rastro, a la chita callando, para seguir a la nueva presa. La información que había recopilado era valiosa, pero me quedaba la sensación amarga de que la decisión no era la mejor.

    Apagué la terminal, clavé la mirada en la oscuridad de la pantalla y supe, con un frío que me recorrió hasta los huesos, que el verdadero riesgo no era descubrir quién llevaba la máscara, sino que alguien ya se había dado cuenta de que yo la había levantado.



  • Escapa conmigo



    Minos, mi minino de Creta

    si tan solo tuvieras una compañera

    no estarías condenado al encierro

    y la soledad.


    Solo y solitario te entregaste

    a las más bajas fechorías

    a los crímenes más abominables


    Vuelve a mí

    ven conmigo


    Te daré paz

    tendrás mi amor

    mis besos te sacarán de ese laberinto

    en el que te has perdido.






  • El Inspector Dan

    Esa mañana Crispín Matalascañas estaba bastante alborotado. Entró de improviso a mi despacho, sin siquiera llamar a la puerta. —Baldomero, l...

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