—¿Por qué es importante lo que vas a contarme? —preguntó Amalia Niebla.
—Lo que tengo entre manos es uno de esos descubrimientos que cambiarían para siempre el destino del mundo —le respondí.
—¿Otra vez con tus delirios?
—Jamás han sido delirios, y esta vez tengo pruebas.
—¿Tiene que ver con aquello de las frecuencias binaurales?
—Casi.
—La verdad es que no me interesa demasiado.
—¿Ah, no? Pues te adelanto una cosa: he logrado hacer contacto.
—Ya he perdido la cuenta de cuántos de esos «contactos» tuyos has hecho.
—Esta vez va en serio.
—Anda, venga, cuéntamelo. Soy toda oídos.
—Ya sabes, hice una combinación de cristales piezoeléctricos proyectándoles frecuencias binaurales de baja intensidad.
—¿Y bien?
—Abrí un portal y escuché una voz que se identificó como Xarg Centauri.
—¿De Alfa Centauri?
—Casi, mas bien cerca a Proxima.
—Según nuestras observaciones, no existe posibilidad alguna de vida inteligente en ese sistema; de hecho, no hay ni la más remota probabilidad de vida.
—Exactamente. Xarg no está vivo: es el fantasma de un habitante de otro planeta.
—¿Cómo dices? ¿El fantasma de un alienigena? Vaya ocurrencia. Es la primera vez que oigo semejante disparate.
—Pues así es. Ahora sí tengo un caso de «primer contacto» auténtico y debidamente certificado.
Amalia aún no había alcanzado a responder cuando, de buenas a primeras, entró el capellán del piso 33, don Jerónimo de Villaseca.
—Ya estoy al tanto de todo, queridas niñas —aseguró el hombrecillo, que apenas levantaba metro y medio del suelo—. Lo que han descubierto es bastante serio. Si una entidad exobiológica tiene fantasma, eso implica que el Creador, en su infinita misericordia, ha insuflado aliento de vida por todo el universo conocido.
—Si es un fantasma, quiere decir que su «ánima», por llamarla de algún modo, ha quedado atrapada en el mundo físico —replicó Amalia sin pensárselo dos veces.
Iba yo también a añadir algo cuando, en ese mismo instante, otro visitante, esta vez sin invitación, hizo acto de presencia en la oficina.
—Soy el hijo de don Leopoldo de Valcárcel, el vice del piso 66. Todo cuanto tienen entre manos pasa a ser estrictamente confidencial. Desde este mismo momento queda confiscado cualquier material relacionado con el asunto y se prohíben nuevas pesquisas.
—¡Pero esto es un hallazgo de enorme trascendencia para nuestra sociedad! —protestamos al unísono el capellán, Amalia y yo.
El recién llegado ni siquiera tuvo ocasión de responder cuando una voz sonó por el altavoz:
—Soy don Leopoldo. Hagan exactamente lo que mi hijo les indica. La razón es muy sencilla: este no es, en realidad, el primer contacto de esa naturaleza. Entre los expertos y eruditos se conoce desde hace bastante tiempo. Hacerlo público no aportaría nada y, en cambio, nos pondría en ridículo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sacaríamos nosotras a cambio?
—Puedo ascenderlas del piso 6 al 12 —dijo la voz.
—Trato hecho —respondimos Amalia y yo, perfectamente sincronizadas, mientras recogíamos a toda prisa nuestros bártulos.
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Relato participante en la convocatoria de los Jueves, esta semana propuesta por "Luferura" en el blog La Veleta.
El reto plantea imaginar el primer contacto de la humanidad con una inteligencia extraterrestre.



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