• Saturday, February 14, 2026

    «Tu padre fue Aleister Crowley».


    Ya han pasado varias décadas desde que escuché por primera vez esa frase en boca de la persona a la que llamaba Madre.


    La norma es que las hechiceras no tenemos hijos. Madre me recogió en un orfanato.


    «Ya has visto y te han hecho bastante mal, querida niña. Ven conmigo y comprenderás el significado de todo ello».


    Esa fue la primera frase que me dirigió, allí mismo, el día en que la hermana superiora le mostró a los posibles prospectos de adopción.


    No me quejo de ella. No fue fácil convertirme en su sucesora, ni ha sido fácil educar a la mía: otra niña con un pasado de siniestros infortunios y, por supuesto, habitante de los orfanatos.


    También le diré que su padre es Aleister Crowley; es el padre de todas nosotras.


    Esto es necesario, porque adentrarse en el conocimiento prohibido exige cierto aire de familia. Cuando adoptamos a alguien, la relación es la de una verdadera madre con su hija: la Guía y la Aprendiz. Siempre ha sido así y siempre lo será.


    El día en que sabes el nombre del Padre es uno de los más importantes; entonces comienza el entrenamiento en «Thelemas», cuando lo oculto se muestra a la iniciada.


    Por primera vez deberá conducir un ritual sacrílego (que no describiré aquí, pues el lector podría intentar hacerlo por sí solo, con grave peligro si no se realiza de la debida forma). Conozco el estado de ánimo que eso provoca en la practicante: «ver» aquello que es prohibido y mancillador por primera vez requiere el apoyo de alguien que ya haya vivido la experiencia.


    No se puede fallar. Una vez finalizada la ceremonia, la practicante queda completamente sin fuerzas, enferma durante varias semanas, y necesita a alguien a su lado. Si sobrevive, recibe la «cadena» de Aleister, una preciada gargantilla de un material que, a primera vista, parece modesto y tosco. Entonces pasa a ser Hechicera oficial, y aquella que la acompañaba se retira, convertida en una sombra.


    También estoy nerviosa. Para mí será la primera y única vez que acompañe, desde la pasividad, a una Practicante en acción. Y aquí viene lo interesante: cada persona tiene un post-ritual específico. Recuerdo que yo pasé varias semanas viendo «La Verdad», pero separada en múltiples dimensiones. La fiebre era altísima. Mi Madre me dio aquel brebaje amargo; supo cuidar de mí. Incluso la vi llorar, porque pensaba que iba a perderme. Supongo que ella era más sabia y fuerte que yo: no dejó que cayera en el abismo.


    ¿Podré hacer lo mismo? ¿Es esta otra prueba para llevarme a un nuevo nivel de conocimiento? Si es así, Madre no me contó todo… o me contó lo suficiente para que yo pudiera decidir por mí misma en el futuro. No lo sé. No lo sé. Yo también haría por mi hija cualquier cosa que fuera necesaria ante un peligro mayor.

    -o-

    Ya han pasado dos semanas desde que se realizó el ritual de los Thelemas y mi hija no parece tener ningún síntoma parecido a los míos. Supongo que la escogí bien… o que algo se hizo mal en la ceremonia. Ella se ve tan campante como siempre. Todo se sabrá cuando le entregue mi cadena.


    Ese será el símbolo de que ahora debe ser la Madre de alguien e iniciará, para mí, un camino diferente, uno para el que nunca fui entrenada: vivir como una persona normal, sin magia, alejada de todo ceremonial y parafernalia.


    «Lo hiciste bien».


    Escuché de nuevo la voz de Madre. Sentí que su mano se posaba gentilmente sobre mi hombro. Sé que en realidad nunca estuve sola: porto todo el saber de Madre y de todas las madres anteriores a ella. Y ahora, gracias al ritual y a la cadena, yo también continuaré viviendo en las penumbras de la mente de mi hija.

    -o-

    Ha pasado bastante tiempo desde aquel ritual. Mi mente se ha aclarado; la distancia y el retiro me hicieron comprender el significado de la cadena. Fue un objeto que perteneció a una tal H. Morvont, la tercera esposa de Crowley, una niña que él recogió en un orfanato: fue él quien inició la tradición. Siempre había sospechado de la cadena, pero, como portadora, no deseaba quitármela, pues ese talismán es el que conecta con la Fuente del Poder… y tiene voluntad propia.


    Una Practicante bien podría evitar continuar la tradición de sucesiones, podría elegir no tener una hija a la cual entrenar. Pero una vez que la cadena se posa en el cuello, quedas esclava de ese poder venido más allá de los sitios innombrables. Solo existe una mínima ocasión para quitársela: el instante del ritual.


    No lo supe en su momento, ni me correspondía decidir si la sucesión debía interrumpirse o no. Mi Madre no me lo advirtió. O, mejor aún, no quise escucharla, porque cuando eres una Practicante te encuentras en la cima del mundo. ¿Quién, en esas circunstancias, escucharía los balbuceos delirantes de una Madre postiza?


    -o-



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    1. ¡Hola! Muchas gracias por participar en el Concurso de Relatos 50 ed. en El Tintero de Oro. ¡Suerte!

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